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martes, 22 de mayo de 2012

Aldous Huxley, La puerta de la percepción.

- Que me dice  de las relaciones espaciales? indagó el investigador, mientras yo miraba a los libros. 


Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. 
pero esto no era lo importante.
Lo verdaderamente importante era que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En tiempos ordinarios, el ojo se dedica a problemas como Donde?, A qué distancia? Cual es la situación respecto a tal o cual cosa ? En la experiencia de la mezcalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden.


El lugar y la distancia dejan de tener mucho interés. La mente obtiene su percepción en función de intensidad de existencia, de profundidad de significado, de relaciones dentro de un sistema, Veía los libros, pero no estaba interesado en las posiciones que ocupaban en el espacio. Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente,  era que todos ellos brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. En relación con esto la posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba, desde luego, la abolición de la categoría del espacio. Cuando me levanté y caminé pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos. El espacio seguía allí. Pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordial-mente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado.

domingo, 13 de mayo de 2012

Las Puertas de la Percepción. (1954)

Por lo que había leído sobre las experiencias con las mezcalina, estaba convencido por adelantado de que la droga me haría entrar, al menos por una cuantas horas, en la clase de mundo interior descrito por Blakey y A. E. Pero no sucedió lo que yo había esperado. Yo había esperado quedar tendido con los ojos cerrados, en contemplación de visiones  de geometrías multicolores, de animadas arquitecturas llenas de gemas y fabulosamente bellas, de paisajes de figuras heroicas, de dramas simbólicos, perpetuamente trémulos en los lindes de las revelación final. Pero no había tenido en cuenta, era manifiesto, las idiosincrasia de mi formación metal,  los hechos de mi temperamento, mi preparación y mis hábitos.

Soy y, en cuanto puedo recordar, he sido siempre poco imaginativo. Las palabras, aunque sean las preñadas palabras  de los poetas, no evocan imágenes en mí. No tengo visiones en los lindes de sueño. Cuando recuerdo algo, la memoria no se me presenta como un objeto o un acontecimiento que estoy volviendo a ver. Por un esfuerzo de voluntad puedo evocar una imagen no muy clara de los que sucedió ayer por la tarde, del aspecto que tenía Lungamo, de como era Bayswater Road cuando los únicos Ómnibus eran verdes y pequeños y avanzaban, tirados por unos viejos caballos, a tres millas y media por hora.   

Pero estas  imágenes tenían poca sustancia y carecen en absoluto de vida autónoma propia. Guardan con los objetos reales y percibidos la misma relación que los espectros de Homero guardaban con los hombres de carne y hueso que iban a visitarlo a las sombras. Sólo cuando tengo mucha fiebre adquieren mis imágenes mentales una vida independiente. A quienes posean una imaginación más viva mi mundo interior tiene que parecerles necesariamente gris, limitado y poco interesante. Este era el mundo -poca cosa, pero cosa mía -   que esperaba ver transformado en algo completamente de sí mismo.